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22-07-2016 / 20:48
Experiencia docente en “La Estrella”: la realidad de una comunidad originaria en ojos “blancos”


La Comunidad originaria “La Estrella”, ubicada a orillas del Río Pilcomayo de la provincia de Salta, recibe en todas sus vacaciones de inviernos un grupo de docentes que hacen actividades escolares bajo el voluntariado “Manos Solidarias” de la Fundación “Redes Solidarias”. Esta vez fue a tres futuros docentes de la localidad de Gancedo Chaco a los que le tocó la experiencia tras haber ganado el concurso.

Graciela Arevalo, Yamila Alvarez y Francisco Giménez fueron, durante una semana, a ser el “otro” pero no cualquier otro sino el “otro originario”. Una semana en la comunidad los puso a replantearse cuestiones de su profesión y de la realidad misma. La comunidad originaria de “La Estrella” es la representación más clara de la indiferencia social y política, y los límites que tienen las experiencias de choque de culturas.

Afuera de la casa de Graciela el frío seco, propio del interior del Chaco. Adentro Francisco Gimenez, Graciela Arévalo y Yamila Alvarez revisan un cuaderno de traducciones de la lengua wichi y dicen “euyen” (frio), entonan más fuerte “euyen” (mucho frío). Par comenzar la entrevista expresan “jampei”, aclaran que es hola. Así comienza, con algunas pizcas de una lengua originaria.

El choque cultural

El pueblo originario latinoamericano y argentino atravesó, desde la colonización, cinco siglos de masacre y engaños que han formado a estos pueblos con una personalidad de  profunda desconfianza a la cultura occidental, “blanca”. La que representaban hace dos semana Graciela, Yamila y Francisco en la comunidad.

Entre la desconfianza que podría tener la comunidad originaria y el sentido común occidental de “se le teme a lo desconocido” es un poco razonable que las primeras sensaciones sean “miedo”. Es lo que deja a entender Graciela cuando explica: “pensábamos con quien nos íbamos a encontrar, con quienes íbamos a tratar. No teníamos miedo sobre las actividades docentes porque estamos en medio de la profesión”.Yamila incluso había consultado una experiencia de un chico que se encuentra en Nueva Pompeya trabajando en una comunidad originaria.

El miedo es algo que trasciende las culturas. En el caso occidental a lo desconocido y en el originario, quizás, a lo conocido de manera negativa. Históricamente la cultura occidental sólo se ha acercado a ellos a dañarlos. Esta vez no era así y es difícil comprenderlo.

“Ellos nos observaban constantemente”, dice Graciela. “Se mostraban indiferentes hacia nosotros. Uno sólo fue quien nos recibió, Juvencio, un originario que es docente de computación, junto con los chicos”, amplia Yamila.

A la pregunta de por qué creen que actúan de esa manera un silencio los atraviesa. Quizás la respuesta más rápida sea lo antes mencionado, la exposición que han sufrido los pueblos originarios a los saqueos, engaños y masacres por parte de la cultura occidental, “blanca”. Igualmente Francisco cree que “los más chicos se adaptan más rápido a la comunicación”, tal vez sea generacional la forma en que asumen la realidad.  

Los tres futuros docentes comenzaban a preparar las actividades escolares cerca de las seis de la mañana y los niños de la comunidad ya los observaban por las ventanas de la vivienda en la cual se alojaban.

Hay otras características que los originarios han desarrollado en sus personalidades como el respeto y la obediencia que todavía son rasgos de sumisión porque aún les cuesta superar el sometimiento a la cultura occidental.Pero frente a esto generan otros valores que los fortalecen como una cultura superior a la occidental. Frente a las relaciones egoístas y de cambio que el capitalismo instauró en la cultura blanca los originarios que aún no reconocen las relaciones de dinero son fuertes en la “comunión”.

“Lo vemos reflejado cuando nos poniamos el guardapolvo, inmediatamente éramos ‘ma-es-tro’”, explica Yamila. Graciela, por su parte cuenta una anécdota: “una de las madres originarias le había comprado tutucas a uno de los nenes y él repartió a los demás por igual y luego comieron. Ellos no reconocen entre ellos otro lazo más que el de hermanos. Además son muy libres, se comparan con los pájaros”.

“Una de las madres originarias le había comprado tutucas a uno de los nenes y él repartió a los demás por igual y luego comieron. Ellos no reconocen entre ellos otro lazo más que el de hermanos"

Los niños de la comunidad tiene seleccionados los árboles que consideran hamacas. Además calculan el peso que generalemente una rama-hamaca aguanta, un máximo de 5 niños.

La indiferencia social y los límites del accionar político local

Doce años de progresismo con el FPV gobernando la Argentina significó en muchas comunidades originarias del país una gran recuperación de derechos históricos. Según Graciela la comunidad “La Estrella” tiene muchos beneficios producto del gobierno de Cristina (“maxima” le dicen los niños de la comunidad).

Tienen una escuela hecha por la Fundación Redes Solidarias que la presidencia anterior la equipo con plasmas y aires acondicionados en cada aula. Poseen una sala de primero auxilios también de la fundación que fue equipada por el FPV pero desde que asumió Macri ya no reciben equipación. También poseen una biblioteca con libros y juegos didácticos que no son usados.

Sin embargo todo eso no significa la construcción de condiciones de transformación de la realidad porque hay una indiferencia por parte del Estado local y de la sociedad. “Ellos creen que nuestra ‘justicia social’ no es justa con ellos. Nos comentaban que se sentían usados en las elecciones. Nos contaban que el intendente del pueblo que votan, Puerto La Victoria, luego de las elecciones no recorre la comunidad para ver las necesidades. Y es ahí que nos dicen que esa ‘justicia social’ los castiga, su voto no vale”.

En cuanto a la comunidad explican que “les falta un espíritu de comunidad hacia afuera porque la unión hacia adentro la tienen. Que se plasme eso hacia afuera significa que puedan organizarse para conseguir cosas que les hace falta. También para organizar su propio trabajo, que es básicamente la artesanía, ya que ellos trabajan artesanía y venden a los feriantes de frontera que le dan monedas por su trabajo. Una organización sobre su trabajo haría que no los saqueen”

Las mujeres tejen "yicas" (carteras) con hilos de filametos de corteza de arbol. Además de otras artesanías.

La cultura occidental tiene la práctica de poner etiquetas a las condiciones sociales que sirven como objetivo de estimular otros intereses que no son necesariamente los de las comunidades sino más bien de achicar la distribución de riquezas en pocas manos. Para Francisco Giménez  “su propia condición de originarios” es la que los aisla. Es decir que los marginan por el hecho de ser originarios.

Los tres futuros docentes creen que su cultura es uno de los obstáculos para transformar su realidad. “Pero existen cuestiones que van más allá de la cultura, como generación de trabajo digno, acompañado de viviendas. Ellos están, recientemente, construyendo casas de adobe para vivir. Si se les facilita, por ejemplo, el programa de erradicación de ranchos ellos podrían trabajar y organizarse en torno a la construcción de sus viviendas de material para vivir de una mejor manera”.

 

Hace poco tiempo que la comundad comenzó a trabajar el adobe para hacer viviendas. No sólo representa trabajo sino que también es un lugar de diversión para los niños de la comunidad.

Los límites de una experiencia de voluntariado

 

 

Graciela, Francisco y Yamila reconocen que fueron ellos los que vieron otra realidad y explican que “con la experiencia realmente fuimos el otro, ese otro desprotegido, ese otro que sufre frío y no tiene calzados, el otro que no come. Nos transformó la visión de la realidad. Nosotros no vimos en otro lugar una situación parecida en la que viven. Las comunidades originarias chaqueñas están más fortalecida y han avanzando en la conquista de derechos”.

Incluso, al sentir que la experiencia no les sirvió de mucho para transformar la realidad de la comunidad, piensan en volver. Yamila comenta que “ tenía la expectativa de trabajar de docente en comunidades que pueda ayudarles a forjarse y esta fue una primera experiencia. Quiero volver en otras condiciones para generarse un cambio real”.

Graciela aclara que “necesitan docentes con voluntad que golpeen puertas y que puedan aportar a su organización para cambiar sus realidades”. La experiencia les generó a los tres grandes potencialidades como agentes transformadores de realidad. Creen que es un lugar en el que pueden aportar sus conocimientos, en sus cabezas sobrevuela la idea de volver para quedarse.

Fotografías de la comunidad: Graciela Arévalo


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