19-06-2020 / 18:13
Violaciones “en manada”: ¿Desahogo sexual?


La licenciada en Servicio Social y psicóloga social, especializada en violencia de género, Rosa Entel, analizó la decisión de un fiscal de calificar como desahogo sexual lo que fue una violación de varios hombres sobre una adolescente de 16 años.
(Por Rosa Entel)

Desde la profunda indignación que siento ante los acontecimientos de dominio público, respecto a la violación en grupo o “manada”, o patota, por parte de seis jóvenes acaecido en la Provincia de Chubut en el año 2012, cuando la adolescente tenía 16 años, y que el fiscal Fernando Rivarola justifica, declarando el 3 de junio, día del grito inicial del movimiento NI UNA MENOS, como de “desahogo sexual”, aberración que me motiva a escribir algunas aproximaciones sobre este candente problema social.

¿De qué hablamos cuando hablamos de violación?

A través de testimonios recogidos en la asistencia a mujeres que han sufrido o sufren situaciones de violencia se observan sus estrategias de supervivencia y resistencia, a fin de preservar sus vidas y las de sus hijxs.

Los persistentes procesos sociales de silenciamiento y naturalización de las violencias fueron favorecidos por el paradigma patriarcal, institucionalmente representado por corporaciones como las religiosas y las judiciales.

Las violaciones se producen en variados lugares: la calle, el trabajo, la casa, en las guerras, en las que las mujeres son apropiadas como botín, como trofeos que simbolizan la victoria de los vencedores sobre los vencidos.

La inclusión de las prácticas vejatorias hacia las mujeres como graves transgresiones a los Derechos Humanos se logra gracias a las luchas del movimiento feminista en el siglo pasado.

Violaciones “en manada”

Como se afirma reiteradamente en los estudios sobre masculinidad, los hechos de violencia sexual más que agresiones para el logro de satisfacción sexual, serían actos de abuso de poder, de emisión de un mensaje hacia la mujer victimizada, algo así como “acá estoy yo, que soy el que manda”, como clara señal de pertenencia a la corporación machista, de demostración ante otros hombres de su fuerza, de su poderío, así como también una mensaje intimidatorio, de control social de un género (el masculino)  sobre el femenino, históricamente discriminado y subordinado.

Las violencias hacia las mujeres constituyen a su vez una demostración de fuerza sexual, de virilidad (Bourdieu, P. 1998) de acatamiento al mandato de la masculinidad hegemónica.

Violación en manada a cargo de los hijos del poder

Lo sucedido en la provincia de Chubut me remite a la atroz violación, mutilación y muerte sucedida en la provincia de Catamarca hacia la adolescente de 17 años María Soledad Morales (Chejter, S. 2007), hija de una familia humilde, en setiembre de 1990, por los hijos de políticos y empresarios importantes de esa provincia. Y el tiempo pasa, pero los hechos vuelven a reproducirse, con otro nombre, otro cuerpo, pero avalado por el mismo sistema patriarcal, que no termina de caer.

Justo, el 3 de junio, fecha en la que se conmemoraban los cinco años del primer NI UNA MENOS, el fiscal Fernando Rivarola avanzó en el cierre de la causa de violación hacia una adolescente de 16 años por parte de una patota de seis jóvenes, hijos del poder. Su resolución minimiza el aberrante hecho ocurrido, calificado en principio como “abuso sexual con acceso carnal agravado por la participación de seis personas”, a “abuso simple”, pues se trató de un “desahogo sexual” de los victimarios.

“Rivarola naturaliza, casi justifica, una agresión brutal y colectiva reduciéndola a una causal  de naturaleza física tolerable, un “desahogo sexual”, cuando en realidad se trata de la agresión perversa a un cuerpo adolescente realizado entre seis varones, dos de ellos sobreseídos en algún momento del proceso judicial, y cuatro plenamente confirmados en la comisión de los abusos.

Pienso que el rechazo unánime e inmediato del movimiento de mujeres, de amplios sectores concientizados de la población, medios consustanciados con los derechos humanos de las mujeres y personas disidentes sexuales, actuó desde la tensión de quienes integramos este colectivo, o sea la presión instituyente frente al poder instituido, contra el paradigma patriarcal que se irá resquebrajando cada día más.


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