MUNDIAL
Argentina le tiró todo el potrero encima a Egipto
Cuando ya no quedaban respuestas tácticas, apareció el barrio. Messi abrió la puerta y un equipo que nunca deja tirado a los suyos convirtió una derrota segura en una remontada inolvidable.
Por Jere Giordano
Repito. Hay equipos que juegan bien. Hay equipos que juegan mal. Y hay equipos que, cuando todo parece terminado, deciden jugar como se juega en el potrero: sin cálculo, sin manual, con la camiseta embarrada y el corazón desobedeciendo cualquier lógica.
A esta Selección le pueden discutir los retrocesos, los desajustes defensivos, la cantidad de goles que recibe por cada llegada rival. Lo que ya no se le puede discutir es otra cosa: no te deja tirado.
Durante casi ochenta minutos Egipto tuvo el partido donde quería. El Nilo parecía llevarse todo. A los 15 minutos, un córner jugado corto terminó con un centro al segundo palo y el cabezazo de Yasser Ibrahim para el 1-0. Argentina había generado más situaciones, incluso había desperdiciado un penal de Lionel Messi, pero el fútbol no entiende de merecimientos. Entiende de goles. Y Egipto los hacía.
En el segundo tiempo llegó el golpe que parecía definitivo. A los 67, un contragolpe perfecto terminó en los pies de Mostafa Zico para el 2-0. Hubo un gol anulado que mantuvo con respiración asistida a los de Scaloni, pero la sensación era la misma. Argentina caminaba por la cornisa. Estaba eliminada mucho antes de que el árbitro pudiera decretarlo.
Entonces apareció esa costumbre argentina de convertir la desesperación en rebeldía. Messi entendió algo antes que todos. Por el medio ya no había lugar. Lo estaban esperando entre piernas egipcias. Así que emigró hacia la derecha. Memorias de un viejo wing. Nadie se lo indicó. Simplemente fue. Como quien reconoce una baldosa de la infancia. Desde allí nació el primer milagro.
Minuto 79. Messi levantó un centro con la precisión de quien todavía ve el fútbol dos segundos antes que el resto. Cristian Romero ya no era un marcador central. Era un nueve improvisado, un grandote que había ido a vivir al área rival. El cabezazo fue un grito de supervivencia. El 2-1 no cambiaba el resultado. Cambiaba el clima. El potrero tiene esa ley. Cuando uno descuenta, el otro empieza a dudar.
Cuatro minutos después, Messi volvió a aparecer. Esta vez no regaló el gol. Se lo quedó. El empate fue la consecuencia de un capitán que, con 39 años y después de haber jugado 120 minutos apenas tres días antes, seguía convencido de que la historia todavía no estaba escrita. Jugar un Mundial a los 39 años también es una imprudencia. Pero hay amores que justifican cualquier locura.
Egipto sintió que el río empezaba a correr en contra. Argentina ya no atacaba con posiciones. Atacaba con recuerdos. Con barrios enteros. Con padres gritando frente al televisor. Con picados interminables. Con potreros donde nadie pregunta por los sistemas tácticos cuando el partido se está escapando. Y entonces cayó el tercero.
Tiempo agregado. Recuperación, salida rápida, Lautaro levantó la cabeza y puso el centro. Enzo Fernández atacó el espacio como si llevara toda la vida esperando ese momento. El cabezazo fue seco. Inapelable. El 3-2. La remontada completa. En un grupo de WhatsApp apareció el mejor resumen de la tarde.
"Nilo vieron venir."
No hacía falta explicar el chiste. Tampoco el partido. Porque Argentina terminó arrojándole todo el potrero encima a Egipto. Le tiró centros, rebeldía, empuje, gambetas cansadas, cabezazos de centrales convertidos en delanteros, relevos imposibles, piernas acalambradas y un capitán que decidió volver a tener 19 años durante diez minutos.
Después vendrán los análisis. Habrá que revisar por qué el retroceso volvió a sufrir, por qué Salah encontró tanto espacio, por qué el equipo quedó tantas veces partido. Habrá que hablar de Molina, de De Paul, del Dibu, de las vigilancias defensivas y de los desajustes que frente a otro rival pueden costar caro. Pero esa conversación será mañana. Hoy corresponde otra.
La de un equipo que se niega a aceptar el destino cuando el destino parece decidido. La de un grupo que acompaña a su mejor jugador hasta hacerlo llorar. La de un campeón que todavía conserva lo más importante del campeón del mundo: el corazón.
Hay selecciones que ganan porque juegan mejor. Argentina, a veces, gana porque se acuerda de dónde viene. Y cuando eso pasa, no hay pirámide, faraón ni río capaz de detener semejante avalancha de potrero.
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