COPA DEL MUNDO
El sueño de la cuarta con el potrero que se aprende en los clubes de barrios
En la demostración más tangible del fútbol hiperprofesionalizado y transformado en un negocio multimillonario, volvió a emerger el espíritu amateur que los jugadores argentinos aprenden en los clubes de los barrios donde nacieron.
(Por Diego Silva)
Este Mundial volvió a ilusionar y a emocionar a todo un país con una Selección que no solo ganó todos sus partidos, sino que lo hizo jugando como le gusta al argentino y argentina. Esa mezcla de garra y potrero con que se identifica la mayoría de los 47 millones de personas que habitan este suelo.
Y lo hacen en el contexto donde más evidente se hace la hiperprofesionalización del fútbol, que se transformó en un negocio multimillonario. Solo en esta Copa del Mundo con centro en Estados Unidos, se movieron más de 80.000 millones de dólares (el doble de lo que Argentina le debe al Fondo Monetario Internacional).
Los jugadores de esta Selección también son millonarios y con ideologías disimiles, pero aún mantienen la esencia amateur que mamaron en los clubes de barrio donde hicieron sus primeras gambetas, goles o atajadas.
Desde el “Dibu” Martínez, que dio sus primeros pasos en los clubes General Urquiza, Talleres y San Isidro de su Mar del Plata natal, hasta pegar el salto a Independiente, y de ahí a Europa. Pasando por Gonzalo Montiel, que comenzó en el club El Tala de González Catán, provincia de Buenos Aires, antes de llegar a River; Nicolás Tagliafico, que se inició en el Club Atlético y Social Villa Calzada, para recalar en Banfield.
También se puede mencionar a Alexis Mac Allister, cuyos primeros pasos los dio en el Club Social y Deportivo Parque de Santa Rosa, La Pampa, antes de continuar en Argentinos Juniors, Boca y Europa. El "Cuti" Romero arrancó en San Lorenzo del barrio Las Flores en su Córdoba natal, desde donde pasó a Belgrano.
Enzo Fernández dio sus primeros pasos en La Recova, un club de Villa Lynch, donde fue captado por River; Julián Alvarez arrancó en el Club Atlético Calchín de Córdoba, antes de consagrarse en River; Lautaro Martínez se formó en Liniers de Bahía Blanca, y luego pasó a Racing.
Y los nombres siguen: Leandro Paredes, mostró sus cualidades en La Justina de San Justo, San Pantaleón de La Tablada, y Brisas del Sur de Mataderos; antes de ser reclutado por Boca. Lisandro Martínez se formó en Urquiza de Gualeguay, Nahuel Molina en el Club Naútico Fitz Simón de Río Tercero; Nicolas Otamendi en Villa Real y Barrio Nuevo de San Fernando; y Thiago Almada se inició en el Club Santa Clara de Fuerte Apache.
Hasta llegar al mejor jugador del mundo, Lionel Messi, que comenzó a deslumbrar en el Club Abanderado Grandoli de Rosario. De allí fue a Newell's, previo a su paso al Barcelona.
Bastó ver la otra semifinal de la Copa del Mundo entre Francia y España, las dos mejores selecciones de Europa, para entender la gran diferencia entre un fútbol mecanizado y calculado al extremo, y otro donde la inventiva que se aprende en la esquina de casa hace recordar que el fútbol es un juego donde casi siempre gana el que mejor sabe jugar a la pelota, el que se anima a la gambeta, a tirar un caño, un sombrero, o hacer una pared con otro compañero.
Ese fútbol automatizado, donde cada jugador es un oficinista que cumple un rol en determinado sector de la cancha; es el que se quiere imponer como el ejemplo a seguir. El mismo fútbol que produce jugadores sin rebeldía ante el primer escollo. Lo de Francia después del primer gol de España o la Inglaterra apabullada por Argentina en los últimos minutos, son claros ejemplos.
Como pudo y le salió, Lionel Scaloni quiso explicar la diferencia entre ese fútbol y el nuestro: los jugadores argentinos “juegan como indios, afirmó”. Luego se explayó, y dijo que “se criaron en situaciones extremas, donde no tenían miedo a nada”. “No les pesa la responsabilidad, juegan como si tuvieran siete u ocho años”, concluyó.
Ver un partido en cualquier potrero del país resultara útil para entender como el que juega de 2, de repente se va al lugar del 9 para descontar e iniciar una remontada imposible; como el 9 baja a defender en la posición del 3, le roba la pelota al mejor jugador rival y se la pasa al 9 que, en el lugar del wing, tira un centro para que el 8, después de correr 60 metros, conecte de cabeza en la posición del centro delantero y concrete ese 3 a 2 histórico contra Egipto.
Esas canchas polvorientas de tierra también ayudan a comprender como un equipo, a pesar de estar abajo en el marcador en el único tiro al arco que tuvo el rival, a pesar de transformar en figura al arquero del otro equipo y de pegar dos tiros en los palos, siguió yendo y machacando hasta encontrar esos dos goles que permitieron esa remontada inolvidable contra Inglaterra.
Tan inolvidable como el gol de todos los tiempos que nos regaló Diego después de desparramar a tanto inglés con las gambetas que aprendió en Villa Fiorito.
En momentos donde las Sociedades Anónimas Deportivas son el anhelo de tantos poderosos, las asociaciones sin fines de lucro, los clubes de barrio que pueblan cada rincón de Argentina, son los que le permiten al país jugar su séptima final del mundo y que todo un pueblo sueñe con la cuarta.
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