SALUD
Endeudamiento, crisis y suicidios: la otra cara de una Argentina atravesada por el ajuste
En el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, los datos sobre deuda, pérdida de poder adquisitivo y salud mental vuelven a poner en discusión las condiciones sociales que atraviesan la vida cotidiana.
Por Nueva Mirada Radio
El suicidio no puede pensarse únicamente como un problema individual. Detrás de cada situación de sufrimiento existen historias personales, pero también condiciones sociales, económicas, laborales y familiares que pueden profundizar la angustia y el aislamiento.
En una Argentina atravesada por el endeudamiento de los hogares, la pérdida de poder adquisitivo y el deterioro de las condiciones de vida, esa discusión adquiere una dimensión que excede ampliamente los consultorios y alcanza al conjunto de la sociedad.
Este 10 de septiembre, Día Mundial para la Prevención del Suicidio, la Organización Mundial de la Salud vuelve a plantear la necesidad de cambiar la manera en que se habla sobre el suicidio. La campaña 2024-2026 lleva como lema “Cambiar la narrativa sobre el suicidio” y propone pasar del silencio y el estigma a conversaciones abiertas, acompañamiento y políticas públicas de prevención.
Los números argentinos muestran la magnitud del problema. Según las estadísticas criminales correspondientes a 2025, en el país se registraron 5.209 suicidios, frente a los 4.249 contabilizados en 2024. El incremento interanual fue del 22,6%. En una década, además, la cantidad de casos prácticamente se duplicó: había 2.897 suicidios registrados en 2016.
La dimensión del fenómeno también aparece cuando se lo compara con otras formas de muerte violenta. Durante 2025, los suicidios superaron a los homicidios dolosos y a las muertes por siniestros viales, convirtiéndose en la principal causa de muerte violenta registrada en el país, según los datos difundidos por el Ministerio de Seguridad.
Pero la estadística, por sí sola, no explica por qué sucede.
La deuda como factor de deterioro
La relación entre endeudamiento y salud mental es un fenómeno que durante los últimos dos años adquirió una dimensión particularmente fuerte: cada vez más familias recurren al crédito para sostener gastos que antes podían cubrir con sus ingresos.
Los datos sobre morosidad permiten dimensionar el deterioro. Según un informe del Centro de Economía Política Argentina (CEPA), la mora de las familias con entidades financieras pasó del 2,5% en octubre de 2024 al 12,8% en junio de 2026. En el mismo período, la mora de las empresas pasó del 0,7% al 3,5%.
La aparente estabilización registrada en junio no implica que el problema haya desaparecido. La morosidad de las familias había acumulado 19 meses consecutivos de aumentos antes de esa meseta y continúa en niveles históricamente elevados.
Además, el endeudamiento familiar se concentra especialmente en préstamos personales y tarjetas de crédito. Para mayo de 2026, ambos instrumentos representaban el 64,3% del total de la deuda de las familias. La cartera morosa acumulaba $8,75 billones, mientras que préstamos personales y tarjetas explicaban conjuntamente el 73% del saldo moroso.
El problema aparece con mayor claridad al observar la evolución de cada instrumento. La mora de los préstamos personales pasó del 3,3% en octubre de 2024 al 15,9% en mayo de 2026. En las tarjetas de crédito, pasó del 1,6% al 13,1%.
Estos números permiten discutir una explicación que reduce el endeudamiento a decisiones individuales de consumo. Una parte de las familias no se endeuda necesariamente para comprar bienes extraordinarios, sino para sostener consumos cotidianos frente a ingresos que ya no alcanzan.
La deuda, entonces, deja de ser solamente una cuestión financiera. Se convierte en una presión permanente sobre la vida cotidiana.
Cuando la deuda se transforma en angustia
La deuda crónica puede generar estrés sostenido, ansiedad, insomnio, tensión y aislamiento. El problema no termina en la imposibilidad de pagar una cuota.
La persona que no puede cumplir con sus obligaciones comienza a convivir con llamados de cobradores, vencimientos, intereses, refinanciaciones y la incertidumbre sobre cómo llegar al próximo mes. La angustia puede afectar la capacidad de concentración, el desempeño laboral y los vínculos familiares. A su vez, una reducción de los ingresos puede generar más endeudamiento y profundizar el círculo.
La deuda puede convertirse así en un mecanismo de reproducción de la angustia: se pide crédito para cubrir necesidades, el ingreso no alcanza para devolverlo, aparece la mora y esa mora genera nuevas presiones sobre una economía doméstica ya deteriorada.
El aislamiento constituye otro elemento central. La vergüenza frente a las deudas puede hacer que muchas personas oculten su situación y se alejen de sus vínculos. Precisamente por eso, la prevención del suicidio requiere romper con la idea de que cada persona debe resolver individualmente problemas que tienen una dimensión social.
Los trabajadores también ponen la salud mental en agenda
Ese proceso comenzó a aparecer incluso en ámbitos donde históricamente la salud mental no ocupaba un lugar central en los reclamos laborales.
El caso de trabajadores de las fuerzas de seguridad de Santa Fe, donde la salud mental comenzó a formar parte de las demandas vinculadas con las condiciones laborales y salariales.
La situación de las fuerzas de seguridad también fue mencionada por el ministro bonaerense Javier Alonso, quien señaló que la provincia implementó un programa de prevención del suicidio y apoyo a la salud mental que alcanza a 1.800 policías y que actualmente acompaña mensualmente a 230 efectivos considerados casos críticos.
La cuestión no queda circunscripta a las fuerzas de seguridad. En Corrientes, los reclamos salariales protagonizados por docentes y trabajadores de seguridad también expresaron el deterioro de los ingresos y las dificultades para llegar a fin de mes. La relación entre salario, endeudamiento y salud mental aparece así como un problema que atraviesa distintos sectores del mundo laboral.
El dato que obliga a mirar el problema de otra manera
La discusión adquiere todavía mayor relevancia cuando se observa que la salud mental no está distribuida de manera homogénea entre la población.
Los registros nacionales muestran que los varones presentan una mayor letalidad en los suicidios, mientras que los intentos registrados tienen una fuerte presencia entre adolescentes y jóvenes. El Boletín Epidemiológico Nacional advierte, además, que las tasas más altas de eventos notificados se concentran entre los 15 y los 24 años.
Esto obliga a pensar la prevención más allá de una respuesta exclusivamente clínica. Hablar de salud mental implica también hablar de trabajo, vivienda, ingresos, vínculos comunitarios, acceso a derechos, condiciones laborales y posibilidades concretas de proyectar una vida.
No significa establecer una relación mecánica entre pobreza, deuda y suicidio. El suicidio es un fenómeno multicausal y no puede explicarse por una sola variable económica. Pero tampoco resulta suficiente analizarlo como si ocurriera por fuera de las condiciones materiales en las que viven las personas.
Frente al aislamiento, comunidad
Un modelo económico basado en la competencia individual y en la responsabilización de cada persona por su propia situación puede profundizar el aislamiento y dificultar la construcción de respuestas colectivas.
La discusión no consiste en negar la responsabilidad individual ni en reemplazar la atención profesional. Consiste en reconocer que una persona endeudada, precarizada, sin capacidad de consumo, con dificultades para sostener su vivienda o su trabajo y sometida a una presión económica permanente no enfrenta únicamente un problema privado.
La prevención también supone construir redes. Por eso, en una fecha destinada a visibilizar el suicidio, resulta necesario hablar de salud mental sin reducirla a una cuestión individual. También deben discutirse las condiciones sociales que producen sufrimiento, las políticas públicas destinadas a prevenirlo y la capacidad de las comunidades para acompañar a quienes atraviesan situaciones de angustia.
La OMS sostiene que los suicidios pueden prevenirse y que cambiar la narrativa implica reducir el estigma, hablar abiertamente del problema y garantizar acceso a apoyo y atención de calidad.
En Argentina, donde 5.209 personas murieron por suicidio durante 2025 y donde la mora de las familias se multiplicó desde 2024, la discusión no puede limitarse a una jornada de concientización.
Prevenir también significa preguntarse qué sociedad están construyendo, qué condiciones de vida están produciendo y cuánto de ese sufrimiento puede evitarse antes de que llegue a una situación irreversible.
Y, sobre todo, recordar que pedir ayuda no es un fracaso individual. Es una forma de romper el aislamiento.
Ante una situación de crisis o pensamientos suicidas, la columna recordó las líneas de asistencia 135 y 0800-345-1435, disponibles las 24 horas.
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