MUNDIAL

La desobediencia como bandera: "Las Malvinas son Argentinas"

Argentina derrotó 2 a 1 a Inglaterra con una remontada épica y volvió a una final del mundo. Pero hubo otro partido que se jugó antes, durante y después del pitazo final: el de la memoria contra el olvido, la soberanía contra el colonialismo y el intento permanente de convencer al mundo de que el fútbol puede desprenderse de la historia.

Por Jere Giordano

El reloj marcaba noventa minutos, pero el partido había empezado hacía más de dos siglos. No comenzó en Atlanta. Comenzó cuando las milicias criollas expulsaron a los invasores ingleses de Buenos Aires. Continuó cuando la bandera británica reemplazó a la argentina en las Islas Malvinas en 1833. Volvió a jugarse en 1966 con Antonio Rattin sentado sobre la alfombra roja del Imperio. Y alcanzó su escena más célebre después de la Guerra de Malvinas cuando Diego Armando Maradona convirtió el gol más discutido y más celebrado de la historia.

Inglaterra llegaba con la tranquilidad de quien siempre se sintió cómodo ocupando el centro del escenario. Argentina, en cambio, volvía a cargar con esa mochila extraña de representar mucho más que un equipo de fútbol. Nunca fue solamente once jugadores contra otros once.

Durante la previa se intentó repetir el viejo libreto. Que el deporte no debía mezclarse con la política, dijo la Ministra de Seguridad argentina y la FIFA. Que la geopolítica quedara afuera del césped. Que los pueblos olvidaran su historia durante noventa minutos. Una ilusión tan ingenua como imposible. Porque Argentina e Inglaterra nunca juegan solamente por una clasificación. Juegan contra un archivo entero.

El primer tiempo fue una disputa áspera, incómoda, de piernas fuertes y espacios mínimos. Más parecido a una pulseada que a un espectáculo. Messi aparecía entre líneas buscando abrir grietas donde apenas existían fisuras. Inglaterra presionaba alto y respondía con disciplina. El empate sin goles era una fotografía fiel de un partido que todavía escondía su desenlace. 

Scaloni caminaba el área técnica con la serenidad de quien conoce los tiempos largos del fútbol. Del otro lado, Thomas Tuchel encontraba respuestas para cerrar los circuitos argentinos. El reloj corría. También la ansiedad. Entonces llegó el golpe.

A los 55 minutos, Morgan Rogers encontró el espacio por la derecha y envió un centro preciso. Anthony Gordon anticipó a Nahuel Molina y empujó la pelota al gol. Inglaterra festejó con la euforia de quien veía la final al alcance de la mano. Por un instante pareció repetirse una vieja costumbre de las semifinales: Argentina obligada a remar desde atrás.

Pero esta generación aprendió hace tiempo que la desesperación rara vez conduce a la victoria. No corrió. Pensó. Movió la pelota. Empujó lentamente al rival contra su propio arco.

Messi empezó a aparecer cada vez más seguido. Ya no necesitaba correr cuarenta metros. Bastaba un giro, un pase filtrado, una pausa. El partido comenzó a jugarse exactamente donde él quería.

Inglaterra retrocedió. Demasiado. Defendía el resultado mientras Argentina empezaba a defender una idea. Cada ataque argentino arrastraba algo más que una intención ofensiva. Parecía cargar con las voces de Rattin, de Maradona, de los veteranos de Malvinas, de las tribunas que durante décadas convirtieron ese cruce en el único clásico verdaderamente mundial.

Los minutos pasaban y el empate seguía sin llegar. Inglaterra ya no atacaba. Resistía. Hasta que el minuto 85 rompió la historia.

Messi recibió entre líneas, levantó la cabeza y encontró a Enzo Fernández. El mediocampista controló y sacó un derechazo imposible para Pickford. La pelota viajó como un desahogo colectivo y explotó contra la red. Uno a uno. Otra vez empezaba todo. 

Atlanta dejó de ser Atlanta. Durante algunos segundos fue el Azteca, fue Wembley, fue cualquier potrero argentino donde todavía se juega creyendo que un partido puede reparar una injusticia. Inglaterra sintió el golpe. Argentina olió el miedo.

Los ingleses ya no tenían la pelota. Apenas esperaban el final. Argentina, en cambio, había entendido que todavía quedaba una página por escribir. El cronómetro ingresó al tiempo agregado. Esos minutos donde la lógica suele rendirse. Entonces volvió a aparecer Messi.

Controló, esperó el instante exacto y lanzó un centro quirúrgico. Lautaro Martínez atacó el espacio como si hubiera esperado toda su vida ese momento. El cabezazo fue seco, inevitable. La red volvió a moverse. Era el 2-1 a los 90+2. Argentina estaba otra vez en la final del mundo. 

No fue solamente un gol. Fue una remontada construida desde la paciencia, la convicción y el talento de una generación que volvió a negarse a aceptar el destino que parecía escrito.

El pitazo final encontró a Inglaterra derrotada y a Argentina abrazada en un círculo interminable. Pero todavía faltaba el último acto.

Mientras el mundo discutía táctica, estadísticas y posesión, los jugadores desplegaron una bandera con una frase conocida por cualquier argentino desde la escuela primaria: "Las Malvinas son Argentinas".

Ese gesto condensó una vieja discusión. Para algunos fue una expresión de identidad nacional. Para otros, una manifestación política. En cualquier caso, volvió a demostrar que existen partidos imposibles de separar de la historia.

La discusión posterior no giró únicamente alrededor del fútbol. También aparecieron los detractores de la memoria sobre la cuestión Malvinas, como Javier Milei y el vocero presidencial, las reacciones en el Reino Unido, y los debates acerca de los límites que pretende imponer la FIFA sobre las expresiones políticas. Hasta ayudo a que no se trate la Ley de extranjerización de la tierra. 

Quizás por eso resulte ingenuo seguir sosteniendo que Argentina e Inglaterra disputan apenas un partido de fútbol. Las rivalidades entre los pueblos no nacen en un estadio ni terminan con un silbatazo. Viajan con la memoria.

Maradona alguna vez dijo que la pelota no se mancha. Tal vez tampoco la historia.

La clasificación a la final quedará registrada por los goles de Gordon, Enzo Fernández y Lautaro Martínez. Las estadísticas dirán que Argentina remontó un 1-0 en siete minutos y volvió a jugar el partido decisivo del Mundial.

Pero hay imágenes que sobreviven más que los resultados. En esta semifinal no fue solamente el cabezazo de Lautaro. Fue un grupo de futbolistas que, terminado el partido, levantó una bandera y recordó que existen símbolos capaces de atravesar generaciones. Porque hay noches en las que un gol clasifica a una final. Y hay otras, mucho más raras, en las que la desobediencia también encuentra su propia manera de gritar campeón.

En Argentina la frase de Marx "la historia se repite dos veces, primero como una tragedia y después como una farsa", cambia en la última parte: "y después como un partido de fútbol" . Por eso primero había que correr a los ingleses y ahora toca España. 

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