MUNDIAL
Sobreviviendo: arañando el corazón
Argentina volvió a ganar uno de esos partidos que se juegan con la cabeza, la memoria y el pecho. La jerarquía sostuvo al equipo cuando el fútbol no alcanzaba y Julián Álvarez encontró el rincón donde duermen las arañas para empujar a una selección que vuelve a creer que el destino también se construye.
No es normal pensar que un Mundial dura noventa minutos. Tampoco ciento veinte. Los Mundiales duran años. A veces décadas. Cada partido de eliminación directa carga sobre la espalda las victorias que enseñaron el camino y las derrotas que todavía duelen. Argentina salió a enfrentar a Suiza con ese equipaje invisible.
Había algo de Alejandro Sabella caminando otra vez por la banda. Un eco de Brasil 2014. Scaloni eligió un libreto conocido: ceder la posesión para quedarse con los espacios. Defender lejos del arco sin la pelota y atacar con inteligencia cuando apareciera la oportunidad. El cero a cero también podía ser una forma de dominar.
Los pelotazos largos de Emiliano Martínez hacia Julián Álvarez eran mucho más que una salida. Eran una declaración de principios. La Araña peleaba cada balón como si el partido dependiera de esa disputa. Tal vez dependía de eso.
Durante gran parte del encuentro el plan funcionó. Suiza administró la pelota, pero Argentina administró el peligro. La calma empezó a romperse cuando los europeos descubrieron que el costado derecho argentino era el lugar por donde podían lastimar. Molina levantó con el correr de los minutos, aunque De Paul volvió a sufrir el retroceso como carrilero. Allí apareció el punto más vulnerable de un equipo que, aun así, jamás perdió el orden.
Pero los Mundiales no premian solamente los planes. También exigen jerarquía.
La primera señal llegó desde una pelota parada. Messi acomodó el córner con la tranquilidad de quien lleva veinte años escribiendo el mismo pase perfecto. La pelota cayó donde debía caer. Alexis Mac Allister atacó el envío con decisión y metió un cabezazo limpio, seco, imposible para Kobel. Argentina golpeaba temprano. No era un gol para liquidar el partido. Era un gol para empezar a escribirlo.
Suiza no tardó en responder. El empate nació por el sector que más había inquietado durante toda la tarde. Dan Ndoye encontró el espacio entre las dudas argentinas y definió con serenidad. De golpe volvieron los fantasmas. Alemania. Holanda. Arabia Saudita. Las noches donde el reloj pesa más que las piernas. El empate no modificó solamente el marcador: obligó a Argentina a volver a creer en sí misma.
La expulsión de Embolo cambió el paisaje. Los europeos retrocedieron. Argentina adelantó unos metros las líneas. El cansancio comenzó a aparecer donde antes había piernas frescas. La paciencia dejó de ser resignación para convertirse en confianza.
Entonces apareció la jerarquía. La Araña levantó apenas la cabeza y sacó un remate con una comba perfecta, una de esas parábolas destinadas al rincón donde duermen las arañas. La pelota besó el ángulo. La red apenas se estremeció antes de que explotara todo lo demás. El corazón de un país acababa de ser arañado por un gol inolvidable.
Había pasado exactamente lo mismo que doce años antes, frente al mismo rival. Entonces había sido Ángel Di María. Ahora era Julián Álvarez. Los nombres cambian. La épica permanece.
Suiza fue con desesperación a buscar otro milagro. Argentina encontró entonces el espacio que había esperado durante todo el partido. Lautaro Martínez corrió como corren los delanteros que saben que el arco también puede ser un refugio. Definió con la tranquilidad de los grandes goleadores. Mientras la pelota cruzaba la línea ya nadie pensaba en el resultado. Todos miraban el calendario. Del otro lado esperaba Inglaterra.
Hay jugadores que hacen goles. Hay otros que construyen símbolos. Julián Álvarez empieza a pertenecer a esa segunda especie. Corre como un obrero, presiona como un volante y define como un crack. Es el eslabón que une al último Messi con los próximos sueños argentinos.
Detrás suyo volvió a aparecer Emiliano Martínez. No hizo falta una atajada imposible para convertirse otra vez en gigante. Alcanzó con transmitir esa calma que solo tienen los arqueros convencidos de que el destino también se puede intimidar.
Lisandro Martínez volvió a jugar como juegan los defensores destinados a convertirse en bandera. Cada cierre suyo fue un acto de rebeldía. Cada anticipo, una declaración de carácter.
Argentina ganó porque tiene talento. Pero sobre todo porque tiene memoria. Sabe que estos partidos nunca se juegan solamente contra once futbolistas. También se disputan contra los fantasmas de las eliminaciones, contra los recuerdos y contra el miedo.
Y ahora aparece Inglaterra
No existe otro rival capaz de convertir un partido de fútbol en un acontecimiento histórico antes de que empiece a rodar la pelota. Porque enfrente no estará solamente una selección poderosa. También aparecerán Antonio Rattín caminando hacia una expulsión que simbolizó la soberbia del poder. Diego Maradona vengando con fútbol y talento una herida mucho más profunda que un resultado deportivo. Las Islas Malvinas, siempre presentes en la memoria nacional. La historia argentina infiltrándose, una vez más, entre los botines.
También estará René Favaloro. El médico que enseñó a reparar corazones cuando parecían condenados. Argentina juega así: infarta primero y reanima después. Late a destiempo. Hace sufrir. Pero nunca deja de buscar una nueva oportunidad.
No hay partido capaz de reparar la historia. Pero sí existen partidos que dialogan con ella. Por eso Inglaterra no será solamente una semifinal. Será un nuevo capítulo de una rivalidad donde el fútbol, la memoria y la identidad nacional siempre caminaron de la mano.
La Scaloneta ya levantó la Copa América, la Finalissima y el Mundial. Ya conoce el camino de los campeones. Sin embargo, parecía faltarle este cruce. Faltaba atravesar otra vez esa puerta simbólica por la que pasaron Rattín, Menotti, Bilardo, Maradona, Sabella y ahora ¿Messi junto a Scaloni?.
Porque los grandes equipos no siempre enamoran jugando. A veces simplemente sobreviven. Aguantan. Resisten. Esperan el momento justo.
Y cuando aparece, una Araña sube hasta el rincón más alto del arco, donde duermen las arañas, y desde allí araña también el corazón de millones.
Argentina ya está otra vez a noventa minutos de una final del mundo. Y, por primera vez en mucho tiempo, el destino le ofrece exactamente el rival que le faltaba para completar su propia historia.
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