COPA DEL MUNDO
Son muchos pensamientos para una sola cosa
Es cierto que nunca es solo un partido de fútbol, como también los es que la Selección perdió la final porque jugó mal. La trascendencia de este equipo en la historia de un fútbol argentino que se seguirá renovando.
(Por Diego Silva)
Escuchando todas las opiniones y teoría que se sucedieron desde el domingo a las 19 horas, cuando se consumó la derrota de Argentina ante España en la final de la Copa del Mundo de fútbol, hay que recordar la frase que nos dejó Norberto “Pappo” Nopolitano: “son muchos pensamientos para una sola cosa”.
La realidad concreta es que la Selección perdió porque jugó muy mal, a partir de un planteo cauteloso que apostó a esperar al rival en campo propio y salir de contra con pelotazos para una corrida de Nicolás González y Julián Álvarez en el primer tiempo; y del propio delantero del Atlético Madrid y de Giuliano Simeone en la etapa complementaria. Corridas que nunca llegaron.
Planteo al que se le sumaron el cansancio evidente de los jugadores argentinos y problemas físicos de dos de sus principales figuras, Cristian “Cuti” Romero y Lisandro Martínez, que motivaron sus salidas del terreno de juego. Como si fuera poco, Enzo Fernández fue correctamente expulsado.
Todos contratiempos, cuya consecuencia fue que España tuviera 12 posibilidades de gol contra ninguna de Argentina hasta el minuto 106, cuando Ferran Torres anotó el único tanto de la final. Solo a partir de ahí, la Selección nacional salió de su postura defensiva y tuvo dos chances claras para igualar el partido y llevar la definición a los penales.
Más allá de la imagen de la final, nada que reprochar a un equipo y cuerpo técnico que devolvieron al fútbol argentino y a su Selección al lugar que le corresponde: bicampeón de América, campeón y subcampeón del mundo. Además de un juego que volvió a identificar a la mayoría de los argentinos y argentinas.
Argentina siempre fue la piedra en el zapato para la FIFA, y su hegemonía europea, por ser considerado el hijo rebelde de Sudamérica. Si Brasil lo tuvo al siempre obediente Pelé, en Argentina nació un tal Diego Armando Maradona.
Cuando parecía que esta selección tenía mejores modales que Pelusa, un par de jugadores rescataron de la tribuna un pedazo de sabana con letras pintadas con fibrón que decía “Las Malvinas son argentinas”, para mostrar el mensaje político más potente que se produjo dentro de una cancha de fútbol en las últimas décadas.
No obstante, vale derrumbar dos mitos. El primero es que no hay mañana para el fútbol argentino después de Messi y esta generación de jugadores. Así como finalizada la era de Maradona, apareció el crack rosarino, en el futuro vendrán otros extraordinarios futbolistas que tan de seguido surgen en nuestra tierra.
Tampoco es cierto que sea “casi imposible” que se forme un grupo como el de esta selección. Argentina ya tuvo dos épocas doradas: entre 1978 y 1993, con tres finales del mundo jugadas y dos consagraciones, y dos Copas Américas. Y entre 2014 y 2026, con tres finales del mundo jugadas y una ganada; y dos Copas Américas.
En el medio, hubo equipos que quedaron al borde de la consagración y el ciclo en juveniles más exitoso de la historia, con copas del mundo y las únicas dos medallas de oro que el fútbol argentino tiene en su historia.
Más temprano que tarde, vendrá la tercera época de oro de nuestro fútbol.
También vale derrumbar el mito de la “mano negra”. Si en el 90 se perdió la final por un penal en contra que no fue, otro a favor no cobrado y el primer expulsado en una final del mundo de la historia; o en el 94 le cortaron las piernas a Diego; el domingo Argentina perdió porque no pateó casi nunca al arco y el rival lo hizo en 12 ocasiones.
“Mano negra” que se hubiese quedado corta si Giuliano Simeone enganchaba bien su derechazo en la última jugada del partido, anotaba el empate y la final se definía por penales con claras chances de victoria argentina.
Porque, en definitiva, no deja de ser un partido de fútbol, dinámica de lo impensado. También cuando toca perder.
Telegram