ESPEJO

El pingüino que llevamos adentro

Un animal desorientado apareció muerto y las redes lo convirtieron en coach, poeta y mártir emocional.

Por Jere Giordano 

Un pingüino apareció muerto lejos de su colonia y, en cuestión de minutos, la humanidad resolvió algo importante: no iba a hablar del pingüino, iba a hablar de sí misma. El animal no tenía micrófono, ni redes, ni posibilidad de desmentir nada. Condiciones ideales para proyectar traumas.

Primero aparecieron los diagnosticadores express: “se suicidó”. Sin autopsia, sin estudios, sin saber siquiera si los pingüinos entienden el concepto de muerte voluntaria. Pero bueno, si una persona está cansada, es burnout; si un pingüino se pierde, es depresión. Lógica impecable.

Después llegaron los motivacionales: “fue valiente”. El pingüino ya no estaba perdido, estaba rompiendo mandatos. Abandonó la colonia porque no quería vivir según expectativas ajenas. Murió, sí, pero fiel a sí mismo. El algoritmo ama a los muertos coherentes.

Más arriba en la pirámide del delirio aparecieron los espiritualizados: “decidió vivir su propósito”. El pingüino no se desorientó: se alineó. No murió: trascendió. No estaba solo: estaba consigo mismo. Si hubiese sobrevivido, probablemente hoy estaría dando talleres.

También estuvieron los que proyectaron vacaciones mentales: “se tomó un tiempo sabático”. El pingüino entendió algo que nosotros no: hay que alejarse de lo tóxico. La colonia era demandante, el sistema opresivo, el hielo un estrés constante. Eligió la montaña. Lástima el detalle biológico.

No faltaron los románticos trágicos: “se suicidó por amor”. Nadie sabe a quién amaba, pero eso jamás frenó una buena tragedia. Alguna pingüina lo dejó, no pudo procesarlo y se fue a morir lejos. Romeo y Julieta, versión Antártida.

Después llegaron los antisistema: “eligió ser ermitaño”. El pingüino como símbolo del hartazgo social. Se bajó de todo, dejó el grupo, rechazó la vida en comunidad. No murió: denunció el modelo de colonia con su cuerpo.

Y por supuesto, los filósofos de Instagram: “nos vino a dejar un mensaje”. Nadie sabe cuál, pero algo seguro quiso decir. Porque hoy nada puede ser simplemente lo que es: todo tiene que enseñarnos algo, incluso un animal que probablemente solo estaba enfermo o desorientado.

La ciencia, mientras tanto, arruina la fiesta. Dice cosas aburridas como orientación fallida, agotamiento, estrés ambiental, límites físicos. No habla de elecciones conscientes ni de crisis existenciales. No da frases para historias. No suma likes.

La conclusión es incómoda: el pingüino no habló. Habló la humanidad. De su cansancio, de su soledad, de su fantasía de irse “a la mierda” con dignidad poética. Usaron al pingüino para hacer catarsis colectiva.

El pingüino no fue un mártir, ni un iluminado, ni un rebelde. Fue un animal que no pudo seguir. Todo lo demás —el suicidio, el propósito, la valentía— es humano. Demasiado humano.

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