MEMORIA
El encuentro que sobrevivió al terror
A casi 50 años del asesinato de Ito Gómez, una jornada volvió a unir una historia que la dictadura intentó romper. Inés Thomson y Fabio Acevedo, tía cuidadora y uno de los niños, hijo de Gladys Lopez, que era cuidado por "Ito" Gómez.
Foto @jere.giordano: Fabio e Inés encontrándose en la Jornada Cultural de La Federación el 28 de marzo.
Una crónica de Jere Giordano
Se reconocieron en el tiempo. No hizo falta demasiado. Había algo anterior a todo: una noche, una casa, una ausencia. Y también un cuidado que siguió existiendo cuando todo lo demás se desmoronaba.
Inés Thomson y Fabio Acevedo volvieron a encontrarse después de décadas en una jornada cultural organizada por la Federación Juvenil Comunista (FJC) y el Partido Comunista de Corrientes.
“La verdad es que no recuerdo exactamente cuánto tiempo hace que no lo veía”, dice Inés.
El tiempo, en su caso, no se mide con precisión. Aquellos años fueron, como ella misma describe, una sucesión caótica de acontecimientos. Sin embargo, el vínculo nunca se perdió del todo. Aun sin verse, siguió teniendo noticias de Fabio.
Él mantenía relación con su hijo mayor, Fernando, con quien había compartido la convivencia en aquellos meses. Y también Gladys López, su madre, acercaba noticias de él y de su hermano cada vez que se encontraban.
El encuentro no fue un comienzo. Fue una continuidad.
Pedro Fortunato “Ito” Gómez fue secuestrado y asesinado el 15 de agosto de 1977 en el Regimiento de Infantería 9. Tenía 39 años, militaba en el Partido Comunista y era responsable de la distribución de la prensa partidaria Nuestra Palabra en Corrientes.
La noche de su secuestro lo encontró en una escena cotidiana. Ito estaba cuidando a los hijos de Gladys López, una compañera. No era una situación excepcional: formaba parte de una red de vínculos donde el cuidado también era militancia. Los grupos de tareas llegaron a la casa buscándola a ella.
“Venían a buscar a Gladys, me acuerdo hasta el día de hoy. Y lo encuentran a él ahí, con los chicos”, reconstruye Inés.
Lo golpearon y lo torturaron incluso en el patio antes de llevárselo. En ese momento, Gladys no estaba en la vivienda. Tiempo después también sería secuestrada. A diferencia de Ito, sobrevivió y, tras recuperar la libertad, pudo volver a reunirse con sus hijos.
En medio de ese operativo, la violencia también cayó sobre los niños. Uno de ellos, de apenas siete años, fue apuntado con una ametralladora para que dijera dónde estaba su madre. No habló. Ese niño era Fabio Acevedo.
Lo que siguió fue la desarticulación de una vida y, al mismo tiempo, la construcción de otra forma de sostenerla.
Inés Thomson, compañera de militancia de Ito, se hizo cargo del cuidado de Fabio y de su hermano, Rolando Acevedo. En su casa convivieron ocho chicos: sus seis hijos y los dos hermanos.
En ese gesto se condensó algo más que una ayuda circunstancial. Fue una forma de sostener la vida en medio de la persecución.
La represión en Corrientes no fue improvisada. Como recuerda Inés, cuando la dictadura se instaló, la estructura guerrillera ya estaba derrotada. Lo que siguió fue la persecución sistemática de la militancia política que permanecía activa.
En la provincia, ese esquema se organizó a través de grupos de tareas encabezados por el Regimiento de Infantería 9, con participación de Gendarmería, la policía provincial y el Ejército. No se trataba de hechos aislados, sino de un dispositivo articulado.
En ciudades como Corrientes, donde todos se conocían, la clandestinidad tenía otra dimensión. Había una vida normal y otra oculta. Se militaba en los barrios, en lo cotidiano, y también en la circulación de ideas.
“Les molestaba que uno diera ideas, que distribuyera pensamiento”, recuerda Inés. Por eso, muchas de esas tareas —como la distribución del periódico Nuestra Palabra— debían hacerse de manera clandestina. Ito formaba parte de ese entramado.
“Le cuidaba a los chicos. Aparte distribuía Nuestra Palabra, que era el periódico del partido", comenta Inés.
En ese recorrido también aparece su figura desde la memoria de quienes lo conocieron.
Inés lo recuerda como alguien profundamente solidario, comprometido con su entorno y con una práctica concreta. Esa solidaridad también se expresaba en su trabajo con enfermos cardíacos a través de la organización Cordic, en una época donde no existían dispositivos de atención como los actuales.
Tenía además una afección cardíaca previa —estenosis aórtica— que condicionaba parte de su vida.Aun así, su militancia no se detenía.
“Militaba en su zona, en esas cosas que se hacen calladito. No eran rimbombantes, no te iba a recitar el manual de marxismo-leninismo”, explica Ines.
“Pero tenía muy claro lo que estaba bien y lo que estaba mal. Tenía muy clara la defensa de la gente pobre y el lugar que ocupaba”.
No era una militancia de discurso. Era una práctica concreta, cotidiana, sostenida en el tiempo.
Ito fue llevado al RI9, donde funcionaba un centro clandestino de detención. Allí fue torturado. Murió el 15 de agosto de 1977.
Testimonios posteriores señalaron que se negó a delatar a otros compañeros. Esa decisión permitió salvar vidas.
Sin embargo, su caso aún no tiene una sentencia judicial propia. Los juicios por delitos de lesa humanidad en Corrientes lograron probar el funcionamiento del aparato represivo y condenar a varios responsables, pero historias concretas como la suya siguen sin un proceso específico.
Casi 50 años después, esa historia volvió a aparecer. La jornada cultural reunió música, teatro, poesía y militancia. Pero hubo un momento que condensó todo. El de los testimonios. Ahí habló Fabio.
“Nosotros ya habíamos sufrido tres allanamientos. Uno en el ’69, otro en el ’76 y el peor en el ’77”.
“Yo estaba con mi hermano cuando allanaron nuestra casa. Ya era la tercera vez que entraban. Tiraron una puerta abajo. Y estaba Ito con nosotros en ese momento. Fue muy feo. Muy feo por la violencia, por la tortura”.
También habló de lo que vino después: “Mi papá no estaba, mi mamá estaba presa. Y ella (Inés) nos cuidó en su casa como tres meses, fuimos sus inquilinos”.
“Y bueno, cuando fuimos a su casa éramos ocho en total, porque Inés tenía seis hijos. Y ahí nos cuidó. Son cosas de la vida. Gracias, tía. Gracias por todo, por ese cariño”.
Pero Fabio no solo recordó el horror. También recordó a Ito:
“Pedrito era un hombre muy inteligente, muy instruido. Leía mucho, muchísimo. Estaba muy convencido de sus ideales. Sabía enfrentar las discusiones, no se ponía nervioso. Siempre tranquilo, muy sencillo. Era de esos que no solo leían mucho, sino que hacían todavía más”.
El reencuentro no fue solo emotivo. Fue la prueba de algo más profundo.
Si el terrorismo de Estado buscó romper los vínculos, aislar, disciplinar y desarticular toda forma de organización colectiva, hay algo que no pudo destruir.
Sobrevivió en quienes no hablaron bajo amenaza. En quienes cuidaron a otros en medio del miedo. En quienes siguieron organizándose, incluso en la clandestinidad. En quienes, décadas después, vuelven a encontrarse.
La historia de Ito Gómez todavía espera justicia en los tribunales. Pero en ese encuentro, en esas palabras, en ese reconocimiento después de tanto tiempo, hay algo que ya no pudieron romper.
“Uno siempre tiene que ser fiel a sus ideales. Y también, llegado el momento, morir con ellos”.
La memoria, como los vínculos, sigue en pie.
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