OPINIóN
La pobreza baja en los números, pero la calle no miente
Mientras el INDEC muestra una mejora, en el nordeste la pobreza sigue alta y la intemperie crece como una verdad imposible de medir.
Por Jere Giordano
Hay algo tranquilizador en los números. Ordenan, delimitan, trazan fronteras donde antes había confusión. El dato reciente del INDEC va en esa dirección: la pobreza descendió con fuerza durante 2025, ubicándose en torno al 30%, con una caída pronunciada respecto del año anterior. La indigencia también retrocedió. En el lenguaje de las estadísticas, eso significa alivio. Significa que menos personas quedaron por debajo de una línea que, aunque arbitraria, pretende ser objetiva.
Pero toda línea es, en el fondo, una ficción necesaria.
Porque al mismo tiempo que ordena, también excluye. Define quién está adentro, pero también —y sobre todo— deja afuera aquello que no puede nombrar. Y en esa zona opaca, donde el dato pierde precisión y la realidad se vuelve más áspera, empieza otra historia.
En el nordeste argentino esa tensión se vuelve más visible. En Corrientes, la pobreza alcanza al 37,4% de la población. En el Gran Resistencia, en Chaco, llega al 48,1%. No son desvíos menores ni anomalías estadísticas: son la confirmación de que la desigualdad territorial persiste incluso cuando los promedios nacionales mejoran. Allí, casi una de cada dos personas vive dentro de esa categoría que los números todavía pueden nombrar.
Pero incluso esos números —altos, incómodos, difíciles de suavizar— no alcanzan.
Porque hay una forma de la pobreza que no se deja capturar. No entra en las encuestas, no se deja reducir a ingresos ni a canastas. Es una pobreza sin mediaciones, sin estructura, sin resguardo. Una pobreza que no habita una casa, sino su ausencia.
La calle.
Hay algo radical en la presencia de alguien viviendo en la calle. No es solamente una carencia material: es una interrupción del orden. Un cuerpo donde no debería estar. Una vida que desborda los márgenes previstos. En ciudades del interior, lejos del ruido de las grandes capitales, esa presencia crece en silencio. Se acumula sin estadísticas, pero con evidencia.
En pocas semanas, en una misma cuadra, pueden aparecer varias personas nuevas durmiendo a la intemperie. No hay informe que registre ese movimiento con precisión. No hay indicador que traduzca lo que significa ver cómo un espacio de paso se convierte, lentamente, en un espacio de permanencia.
Y entonces la pregunta se vuelve inevitable: ¿qué significa que la pobreza baje?
Tal vez signifique exactamente eso: que, dentro de un sistema de medición, menos personas quedan por debajo de un umbral definido. Pero también puede significar otra cosa: que el problema se desplaza. Que deja de ser cuantificable en los términos habituales. Que se vuelve más extremo, más visible y, al mismo tiempo, más difícil de integrar a cualquier relato ordenado.
Porque la estadística necesita estabilidad. Necesita hogares, ingresos, consumos. Necesita algo que permanezca. Pero la intemperie es, por definición, lo que no tiene lugar. Lo que no puede fijarse. Lo que queda fuera.
Ahí aparece el límite.
No de los datos —que siguen siendo necesarios— sino de su capacidad para decirlo todo. Porque hay una verdad que no se deja traducir en porcentajes. Una verdad que no necesita ser calculada para imponerse.
Se ve.
Se ve en los cuerpos que duermen en las veredas. En las bolsas que se convierten en techo. En los gestos mínimos de supervivencia repetidos cada noche. Se ve en la transformación lenta de lo excepcional en cotidiano.
Y en esa transformación hay un riesgo que no es económico, sino moral.
Porque toda sociedad define, de algún modo, qué está dispuesta a tolerar. Y cuando la presencia de personas viviendo en la calle deja de incomodar —cuando se vuelve parte del paisaje, cuando deja de interrumpir— algo se ha corrido.
La pobreza, entonces, ya no es solamente una cifra.
Es un umbral que se desplaza.
Y quizás el dato más inquietante no sea cuánto bajó, sino todo aquello que, mientras tanto, dejó de contar.
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