IMPERIO

¿Qué pasa en las entrañas del monstruo imperial?

Redadas migratorias, detenciones ilegales y violencia estatal dentro de Estados Unidos dialogan con una política exterior cada vez más agresiva. Señales de una crisis profunda del poder imperial.

“Viví en el monstruo y le conozco las entrañas”, escribió José Martí a fines del siglo XIX. Más de un siglo después, esa frase vuelve a resonar con fuerza al observar lo que ocurre hoy dentro de Estados Unidos. 

Las detenciones masivas de inmigrantes por parte del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), muchas de ellas denunciadas como ilegales, la represión de las protestas que cuestionan esas prácticas y la violencia estatal que ya dejó víctimas fatales, exponen un paisaje interno que desmiente el relato democrático que Washington proyecta hacia el mundo.

Según vienen documentando diferentes medios el ICE ha profundizado operativos que avanzan sobre comunidades migrantes sin órdenes judiciales claras, con arrestos arbitrarios y condiciones de detención que vulneran derechos humanos básicos. 

Las redadas no solo apuntan a personas con antecedentes penales, sino que alcanzan a trabajadores, estudiantes y familias enteras, consolidando un clima de persecución que se apoya en la criminalización del migrante como enemigo interno.

Frente a este escenario, la respuesta social no tardó en emerger. En distintas ciudades del país se multiplicaron las movilizaciones contra las detenciones y deportaciones, muchas de ellas reprimidas con dureza. En ese contexto, comenzaron a registrarse muertes durante manifestaciones y operativos de seguridad, un dato que tensiona aún más la legitimidad del Estado frente a amplios sectores de la población.

No es casual que, en medio de esta escalada, haya reaparecido públicamente la simbología y la organización de las Panteras Negras. Más allá de los matices históricos y las diferencias con la experiencia original de los años sesenta, su reemergencia expresa algo más profundo: cuando el Estado deja de garantizar derechos y se convierte en una fuerza abiertamente represiva, resurgen formas de autodefensa comunitaria y organización política radicalizada. No como anacronismo, sino como síntoma.

Esta violencia interna no puede analizarse de manera aislada. Existe una continuidad evidente entre lo que Estados Unidos hace puertas adentro y lo que despliega hacia afuera. 

El bombardeo a Venezuela, las amenazas permanentes contra Cuba, las presiones sobre México y Colombia, e incluso las declaraciones expansionistas sobre Groenlandia, configuran una política exterior cada vez más agresiva, marcada por el uso de la fuerza, la intimidación y la violación de soberanías.

Leído en conjunto, el cuadro remite menos a una potencia segura de sí misma que a un poder en crisis. Un imperio que, incapaz de resolver sus contradicciones internas —desigualdad estructural, racismo, exclusión, pérdida de consenso— opta por profundizar el control, tanto sobre su población más vulnerable como sobre los territorios que considera estratégicos. En ese sentido, las redadas del ICE y los bombardeos en el extranjero forman parte de una misma lógica: la gestión violenta del declive.

Antonio Gramsci lo expresó con crudeza: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. El endurecimiento represivo dentro de Estados Unidos y la escalada belicista fuera de sus fronteras pueden leerse como esos monstruos: respuestas autoritarias frente a un orden que ya no logra sostenerse por consenso.

Lo que ocurre hoy en las entrañas del monstruo imperial no es una anomalía, sino una advertencia. La crisis del imperialismo no se manifiesta únicamente en los discursos diplomáticos o en los movimientos geopolíticos, sino también —y sobre todo— en el cuerpo de los migrantes perseguidos, en las calles militarizadas y en la reaparición de viejas formas de resistencia. Allí donde el poder se quiebra, la historia vuelve a empujar.

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