HIPOCRESíA
El Mundial 2026 y la farsa de la neutralidad deportiva
Exclusiones selectivas, premios políticos y una sede intocable exponen a la FIFA como actor del orden geopolítico dominante.
Por Jere Giordano
El Mundial 2026 todavía no empezó y ya carga con una mochila política difícil de disimular. Lejos de ser una fiesta global del fútbol, el torneo organizado principalmente por Estados Unidos se perfila como el campeonato más atravesado por contradicciones geopolíticas, dobles estándares y gestos obscenos de alineamiento político por parte de la FIFA.
Antes de que ruede la pelota, varias selecciones ya quedaron fuera del certamen. Rusia fue excluida por motivos geopolíticos; Pakistán y el Congo, por sanciones administrativas; Eritrea se retiró voluntariamente. A esto se suman amenazas de boicot, tensiones diplomáticas y conflictos abiertos que ponen en duda la supuesta neutralidad del fútbol internacional. El Mundial 2026, en los hechos, ya es un Mundial con ausencias forzadas.
La exclusión de Rusia se justificó bajo una narrativa única: la de la “invasión” a Ucrania, presentada como un consenso moral incuestionable. Sin embargo, numerosos análisis geopolíticos —incluso desde el realismo estratégico occidental— advierten que el conflicto no puede leerse sin el avance de la OTAN, la disputa por zonas de influencia y los intereses energéticos en juego. Lo que expone que la sanción deportiva fue una decisión política, no ética ni reglamentaria.
Ese punto es clave: la FIFA no castigó una guerra, castigó a un actor incómodo del tablero global.
La doble vara se vuelve obscena cuando se observa el rol de Estados Unidos. Mientras Rusia fue expulsada del Mundial anterior, Estados Unidos no solo mantiene intacta su participación, sino que además es sede central del torneo 2026. Todo esto pese a su historial de intervenciones militares, bloqueos económicos y acciones directas o indirectas sobre países soberanos. Venezuela es uno de los ejemplos más claros: agresiones, sanciones, operaciones encubiertas y bombardeos que nunca derivaron en sanción deportiva alguna.
Para la FIFA, parece que hay guerras que expulsan selecciones y guerras que no incomodan sponsors.
El contraste no es casual: revela una lógica de poder. El fútbol global no sanciona la violencia, sanciona a quienes no forman parte del núcleo hegemónico. El “deporte apolítico” se disuelve cuando el actor en cuestión es una potencia alineada al orden occidental.
En ese contexto, el premio de la “Paz” otorgado por la FIFA a Donald Trump no es una anécdota ridícula: es una declaración política. Premiar a una figura asociada a políticas de confrontación, bombardeos, bloqueos y amenazas internacionales mientras se excluye a países enteros por razones geopolíticas confirma lo que muchos ya señalan: la FIFA dejó de fingir neutralidad.
No se trata solo de Trump. Se trata de Gianni Infantino y de una dirigencia que transformó al fútbol en una herramienta de legitimación del poder global. Este tipo de gestos no degradan solo a la FIFA: degradan al fútbol como espacio común, como lenguaje universal, como territorio de encuentro.
A esto se suman otros focos de tensión: la posible expulsión de la República Democrática del Congo por disputas administrativas, las presiones políticas en Europa, el debate creciente sobre la participación de Israel y las reacciones que eso genera en países como España. El Mundial 2026 no solo organiza partidos: administra conflictos.
El problema no es que el fútbol sea político. Siempre lo fue. El problema es a quién decide castigar y a quién decide absolver. Mientras algunos países son expulsados del mapa futbolístico global, otros reciben premios, sedes y blindaje institucional.
Así, el Mundial 2026 se anuncia como el campeonato de la paz, pero se construye sobre exclusiones, silencios selectivos y homenajes indecentes. No es el Mundial de todos: es el Mundial del poder.
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